viernes, 28 de noviembre de 2014

Homenaje


HOMENAJE
por Marina de la Serna

Parecías ser el más odioso de los profesores, o más bien, jugabas a serlo. Anteojos redondos  y chiquitos, iguales a los monóculos, y un bigote largo y retorcido en las puntas, que te daban un aire a principios de siglo veinte, con sólo agregarte un bombín y un bastón hubieras pasado desapercibido en un viaje en el tiempo.

Hoy descubrí que tu blog aún existe, frenado y congelado para siempre en el 2012. Qué rara esta eternidad en la nube cibernética, además de los papeles y los objetos, también se dejan atrás trabajos, documentos, imágenes y pensamientos que vinieron a tu mente en el medio de una noche tranquila, mientras tu hijo duerme y la gata te hace compañía con sus juegos.

Leo esas viejas entradas, pensamientos y homenajes a Ballard, reflexiones sobre nuestra época, cosas que se te ocurrían mientras mirabas a tu hijo crecer, todo mezclado con links a los textos de tus clases, calificaciones y recomendaciones para los trabajos prácticos. Ese blog me dice que no te fuiste. No. Estás aquí, presente, como hace cinco años, cuando sin darnos cuenta, disfrutábamos con lo que tenías para decirnos, porque era tu pasión estar ahí, parado frente a la clase, explicándonos cómo se comportaba la luz, quién era Ansel Adams (o Don Ansel, para los amigos), por qué el gris medio tiene ese nombre, y por sobre todo, que en una buena fotografía no debían faltar nunca las luces altas, los medios tonos y las sombras profundas. Igual que en la vida, en toda vida, y ciertamente, en la tuya.

Jamás ni una bala, ni un facón, ni nada te podrán arrancar una pasión así, por la ciencia, por las ideas, por las historias bien contadas. Algo, por insignificante que parezca, quedará de tu paso por aquí. Alguna semilla olvidada brotará en el silencio para decirnos que no ha sido en vano, y que allí nos encontraremos, en la Zona V, el justo medio entre las altas luces y las sombras más profundas.

A Guillermo Mischkinis

miércoles, 10 de septiembre de 2014

ANANÁ



ANANÁ

Por Alejandro Anderlic 

Ayer me desperté a las nueve de la mañana. Fue la primera noche que dormí en casa sin Lola y los chicos. El aire se había impregnado de olor a ananá. Yo decía que era ananá. Lola decía que era piña. No sé bien cómo distinguir una fruta de la otra. Para el caso, importa poco. Creo que piña es lo que comíamos con el desayuno las veces que fuimos a Brasil con ella y los chicos. El punto es que el olor viene de la cosa gigante que se nos está viniendo encima. ¿Dónde estará Lola? ¿Cuándo volveré a ver a los chicos? La gente no se ha puesto de acuerdo en qué es eso que se está acercando. Algunos lo están ignorando y siguen haciendo su vida de siempre. Otros, como Lola, entraron en pánico y se escaparon de la ciudad. Creo que a partir del ananá gigante se formó una grieta en nuestra sociedad y nada volverá a ser como antes.

Lola se dio cuenta hace una semana, cuando todavía nadie hablaba del tema. Era jueves, salíamos del cine y ella me señaló algo junto a las Tres Marías, que brillaba mucho más que una estrella. Al lado nuestro, una pareja mayor también lo comentaba. Ella le insistía; él, le decía que estaba loca. Estuve a punto de meterme en la conversación, pero Lola me tomó del brazo y levantó la mano para llamar un taxi. Me acuerdo de eso y me viene a la mente la imagen de mi hijo menor, cuando acomodaba las valijas en el asiento de adelante del auto, diciendo que su madre también se había vuelto loca.

Al otro día, mientras desayunábamos comentando la película, empezaron a hablar del ananá por la radio. Los chicos ni se dieron cuenta. Con Lola, nos fuimos para el balcón y ahí nos quedamos duros, viendo que la cosa había crecido bastante. Tenia forma de piña, o de ananá. Era del tamaño del sol, pero no encandilaba. Lola llamó a su trabajo para avisar que no iba a poder ir. Tampoco quiso mandar a los chicos al colegio. Me contaron ellos, después, que su mamá se había pasado el día rezando frente al televisor. Yo fui a la fábrica, pero me tuve que volver más temprano. Es que Lola me llegó a mandar treinta mensajes al celular, diciéndome que tenia miedo. Le pedí que por favor no hiciera escándalo delante de los chicos. Volví a casa sin prender la radio del auto, pensando en el ananá que se estaba acercando. Para cuando estacioné en el garage, había llegado a una conclusión muy lógica: no hay ananás gigantes viajando por  el cielo. Sin embargo, al bajarme, miré para arriba y vi cómo esa cosa, que no podía ser un ananá, ya tenia el doble de tamaño que el sol. Fui directo a la cocina por una copa de vino. Le ofrecí una a Lola, que estaba ahí sentada, con el rosario que compramos en Roma enredado en la muñeca. Los chicos estaban jugando en su cuarto.

Lola cambiaba los canales apretando el control remoto con el pulgar, sin decir una palabra, como si estuviera poseída. Las noticias en la tele eran contradictorias. En el 22, hablaban de un meteorito que iba a estrellarse con nuestro planeta. En el 23 daban una película vieja. En el 24, había un panel de expertos hablando de una acumulación de gases provocada por el calentamiento global -que curiosamente había adoptado forma de piña- y que sería inofensiva. El canal oficial pasaba el discurso del presidente en la inauguración de una planta empaquetadora de legumbres.

Me levanté a buscar el teléfono para llamar a mi hermano mayor, a ver qué pensaba él de toda esta locura. Me dijo que era un infeliz si creía en lo del ananá. Discutimos fuerte hasta que le colgué. Fue una conversación muy desagradable. En el medio, Lola acostó a los chicos y me hizo una seña de “te espero arriba”. Me quedé un rato sentado en el sillón del living y cuando subí, ella ya se había dormido con un libro abierto, los anteojos puestos y la tele prendida. Cambié de canal y me puse a mirar un programa sobre un pueblo originario en extinción.

El sábado nos despertamos como siempre para llevar a los chicos a deporte. Lola levantó la persiana y me vino a buscar, agitada, para avisarme que la piña había desaparecido. Era cierto, no se veía más. El cielo estaba todo nublado y la bruma no dejaba ver a más de cien metros. Por suerte, no llovía. Sin decir nada, Lola me abrazó y me dio un beso con los ojos cerrados. Hacía rato que no nos dábamos un beso con los ojos cerrados. Entramos a la página Web del club y nos aseguramos de que fueran a hacerse los partidos a pesar del clima espantoso.  Ayudamos a los chicos a ponerse el equipo de gimnasia y partimos. Había mucha menos gente que otros fines de semana, como cuando tenemos un feriado puente. Mientras ellos jugaban, nos fuimos con Lola hasta el bar por un café. Al rato, la bruma empezó a levantarse.

Los siguientes dos días no hablamos del tema. Ni de ese ni de ningún otro. Recién el martes Lola me propuso que dejáramos la ciudad. Yo me acordé de lo que me había dicho mi hermano y le dije que no. Ella insistió y se fue con los chicos. Los chicos no se querían ir, pero ella es la madre… De todas formas, quedamos en encontrarnos acá cuando todo hubiera pasado.

Ahora me asomo de nuevo por la ventana y casi puedo tocarlo. Definitivamente es un ananá gigante. Un ananá con forma de meteorito. O al revés. Es anaranjado y destellante. Está lleno de cuadrados y tiene unas puntas oscuras que sobresalen y que seguramente pinchan. Quizás haya vida adentro, eso empezaron a decir hoy en los noticieros. Desde ayer, toda la ciudad está cubierta de sombra. El sol y mi familia quedaron del otro lado.

viernes, 29 de agosto de 2014

NUBES

NUBES

Por Marina I. de la Serna

La hoja se va cubriendo de colores. Verde para el pasto, rojo para las flores, marrón para el tronco del árbol, amarillo para el sol, que tiene dos ojos y una sonrisa roja, grande y hermosa. Faltan las nubes. Amanda busca en el potecito de plástico, pero no quedan crayones celestes. Ni siquiera azules. Así que decide, casi sin decidir, que serán verdes. Las dibuja redondas, ovaladas, una le sale un poco aplastada.
Nadie le ha dicho todavía que las nubes no pueden ser verdes, que las composiciones deben ser de media carilla y estar escritas con caligrafía impecable.



Hoy las nubes son verdes. Y muy hermosas.

miércoles, 11 de junio de 2014

El Mundial

¿Se palpita?… ¡Sí se palpita el mundial! Creo que la palabra mundial es repetida mil veces a cada hora, en la radio, en la tele, por los chicos con el álbum y las figuritas, en los adultos que hablan de los equipos y cuál de ellos está mejor preparado. Es el único tema de cualquier conversación.
                Para mí es como se va gestando una ola, que contagia la emoción. Las esquinas ya están plagadas de merchandising de gorritos, banderas, remeras, y hasta se pueden conseguir réplicas de la copa dorada. Ya se siente que estamos en la cuenta regresiva. ¡En 24 horas empieza el mundial! Igual creo que la cresta de la ola se forma el día que Argentina juegue su primer partido. Ahí se va a sentir esa fiebre que nos contagia a todos, que nos va a tener aferrados a la tele mientras pasan los minutos del partido. Los chicos irán al colegio con las camisetas, los autos tendrán las banderas en las ventanas, y Ezeiza será copada por fanáticos listos para partir. Ese día los bares se llenarán y donde será imposible conseguir taxi en las calles desiertas. En esa hora y media no van a sonar los celulares (salvo el whataspp). Vamos a entrar en un limbo celeste y blanco anhelando la victoria que nos haga olvidar de la vida diaria y nos eleve a un estado de ánimo de alegría. Si ganamos el partido, el día a día se transforma en un reality que se sigue minuto a minuto.
                La ola es enorme y arrasa con todos los argentinos. Es imposible evitarla.
                                                               ¡Vamos Argentina!


martes, 13 de mayo de 2014

LA CATEDRAL


LA CATEDRAL
por Marina de la Serna

Llegamos al linde del bosque antes del amanecer. Helaba, un frío de escarcha se nos clavaba en los huesos, y la niebla iba cubriendo todo. Faltaban unos pocos kilómetros para alcanzar la fortaleza. Si no encontrábamos problemas al cruzar el río, llegaríamos al pie de la colina pasado el mediodía. En la cima esperaba la ciudad amurallada.

La niebla empezó a despejarse. Cruzamos el río. El terreno empezó a subir, y los caballos tropezaron, agotados por el esfuerzo de haber cabalgado todo un día y una noche, con apenas un corto descanso. Decidí desmontar y hacer el último trecho a pie y solo. Mi compañero no lo entendió, pero aceptó quedarse con los caballos y esperarme junto al río. Prometí que volvería antes del anochecer.

Mientras subía iba recordando detalles, retazos que creía olvidados, conversaciones con mi padre, diálogos sueltos que alcanzarían su pleno significado sólo muchos años después. Cada piedra tiene una característica propia, un ritmo, una vida que le pertenece, me decía. Nuestra tarea es descubrirla, para darle su verdadero lugar en la construcción. Y cuando te parezca que tu trabajo ha terminado, no te dejes engañar, eso decía, y después callaba. Pero cuando le preguntaba el por qué de ese consejo, no me respondía. Sólo me miraba, enigmático.

Atravesé las murallas de la ciudad a media tarde. Caminé despacio, observándolo todo,  buscando con la mirada lo que me había llevado hasta ahí, después de tantos años, después de toda una vida. En el centro de la ciudad la encontré. Me estaba esperando, alta, orgullosa, magnífica y eterna. La catedral se erguía en busca del cielo, piedra sobre piedra, sostenida por los arcos y las columnas que mi padre había ideado y ayudado a construir. Sabía, como todos los maestros constructores, que no viviría para verla terminada, y por eso confió en mí, en que yo estaría entre quienes terminarían la obra, dirigiendo los últimos trabajos.

Antes de llegar al umbral, me detuve y miré hacia arriba, a la torre y a la alta aguja que la coronaba. Los constructores se habían esmerado, ese pináculo podía verse desde muy lejos, una brújula para orientarse entre los valles. Esperé un poco antes de entrar. Sabía y no sabía lo que encontraría en su interior. Miré hacia abajo, a mis pies cansados de polvo y viajes, respiré hondo, y entré. Temblaba por dentro, sólo para mí, nadie más lo hubiera notado.

Por dentro la catedral era aún más majestuosa, revestida de eternidad. El silencio me acompañó, caminó conmigo cada paso hasta la misma cúpula en el centro de la cruz que el edificio dibujaba en el piso. La luz era sobrenatural, transformada al atravesar los vitrales, caía en cascadas de colores donde los sentidos se perdían, donde el aire parecía líquido y gas al mismo tiempo.

Perdí el sentido del tiempo. En cada piedra encontraba y reconocía mis manos, mientras las pulían a golpe de cincel. Ésa había sido mi única tarea, bajo la dirección de mi padre. Jamás llegué a dirigir esa construcción, luego de la muerte de mi maestro constructor. Me eché a los caminos, entre la desesperación y el remordimiento, y nunca logré deshacerme del todo del peso de la tarea que no llegaría a coronar.

Ahora, la catedral me observaba. Había continuado sin mí, y sentí el reproche en esa mirada. Me di vuelta y comencé a volver sobre mis pasos,  lentos, como si arrastraran todo el peso de la construcción. Entonces lo vi. A un costado de la nave la luz entraba a chorros, vertical, sin veladuras ni colores. Un pedazo del techo se había desmoronado. Aún había trabajo que hacer.

domingo, 11 de mayo de 2014

EN DOS PARTIDO


EN DOS PARTIDO

 Por Alejandro Anderlic

Mi primo Tiburcio no era de la Capital como nosotros. Nació sin cabeza un sofocante febrero, dos años antes que yo, en un rincón de la Provincia de Corrientes que no figura en los mapas. En verdad, cabeza tenía, pero no la llevaba pegada al cuello como todos. En su pueblo se estaban preparando para la primera noche de Carnaval, así que nadie le debe haber dado importancia al curioso episodio. Dicen que, en ese momento, la caravana de treinta carrozas empezaba a avanzar por la peatonal, que quedaba a dos cuadras de ahí, y que la reina de la comparsa se sacudía toda mientras le refregaba en la cara las lentejuelas doradas al mulato del redoblante, que la miraba encandilado.

El ruido de la calle, ensordecedor y, ahícito nomás, el silencio -silencio- de la sala despintada del hospital, donde parece que el cuerpito movía las manos y las piernas como haciendo bicicleta, en brazos de la enfermera. Me contaron que cuando le estaban por empezar a coser el vientre a la parturienta, el doctor habría escuchado un quejido que venía del fondo de las entrañas. Aparentemente, el doctor se puso de nuevo los anteojos de marco negro grueso y, sin dudarlo, metió la mano bien adentro y sacó una pequeña pelota con ojos, nariz, oreja y boca, que chillaba y chillaba. Se la entregó a la partera, que en seguida la juntó con el resto y apoyó las dos partes sobre el regazo de la Tía. Ella las abrazó, intentando juntarlas, y respiró aliviada al notar que su niño lloraba como todos los bebés.

Mi mamá me decía siempre que, a pesar de todo, Tiburcio parecía haber tenido una infancia bastante feliz allá en el Interior. Que en su casa nadie se animaba a sacar el tema. Que cuando él les hacía preguntas a la Tía y al Tío, ellos en seguida lo invitaban a dar una vuelta a la plaza para tomar un poco de fresco y pensar en otra cosa. Me dijeron que, de chiquito, le encantaba hamacarse, remontar barriletes y comer helado de chocolate amargo. Cuando cumplió seis, nuestra abuela, que tanto lo quería –pienso que a él más que al resto de nosotros- le regaló una jaulita, que parecía de cristal, pero que en verdad era de vidrio. En esa jaulita entraba perfecto la cabeza de mi primo. La ponían ahí adentro cuando Tiburcio se iba a dormir y cuando salían de paseo. Escuché que era muy práctica y liviana y que la habría usado hasta los catorce, cuando pegó el estirón. Mi otro primo, el hermano de Tiburcio, me confesó que, algunas noches, cuando Tiburcio roncaba, él la sacaba al patio, para que no lo molestara. Hoy la jaulita está en la cocina de mi abuela y ahí guardamos los quesos duros y los salamines.

Aparentemente, Tiburcio también era un excelente deportista. Fue el segundo mejor promedio en la historia de su escuela y que ganó ocho veces la medalla al mejor compañero. En mi cole no daban medallas por eso. Mi mamá siempre se quejaba y decía que debía ser algo del Interior. Por lo demás, Tiburcio no parecía tener más preocupaciones que el resto de sus amigos. Hasta yo debia tener, a esa edad, más preocupaciones que Tiburcio. Cada vez que hablábamos por teléfono, él se esforzaba por explicarme que era normal como los normales. Mi papá siempre dice que acá vivimos con otros parámetros de normalidad. Pienso que nada cambia que tengas o no una cabeza pegada al cuerpo, mientras puedas caminar y hablar y seas relativamente feliz, como Tiburcio.

A los dieciocho, Tiburcio se quiso venir a estudiar a la Capital. Mi mamá se cansó de decir que era mejor que no parara en casa y recuerdo las discusiones entre ella y la Tía por la suerte que iría a tener Tiburcio en Buenos Aires. En eso tampoco la entendí a mi mamá.

Al final, arreglaron para que se instalara en una residencia de curas. Yo quería ir a buscarlo a la terminal el día que llegó, pero mi papá insistió en que mejor visitarlo el fin de semana, así se podia acomodar tranquilo. Lo cierto es que Tiburcio nunca había viajado solo tan lejos y yo sentía que nos necesitaba. Unos años más tarde, él me contó que se pasó todo el viaje pensando en las ganas que tenía de conocer el Obelisco.

Esa madrugada, se bajó del ómnibus en Retiro. Nadie más viajaba con él. Llevaba en una mano la valija que le habían regalado y su cabeza en la otra, colgando de los pelos. La señora del puesto de diarios lo vio caminando por el pasillo, silbando, y salió corriendo desesperada a avisar a la policía. El patrullero tardó unos diez minutos en llegar. Para entonces, Tiburcio ya se había subido al único taxi que vagaba por ahí cerca. Al cerrar la puerta, el taxista lo miró por el espejito, clavó el freno, se dio media vuelta y le pidió, temblando, que se bajara de su auto.

Tiburcio se sentó en el cordón de la vereda. Apoyó la cabeza al lado de la valija y en seguida se formó un charco de lágrimas alrededor de eso. Tomó su teléfono y marcó mi número. Yo sabía que era él. Antes de sacar el auto del garage para ir a buscarlo, pasé por una farmacia de turno y compré algunas cosas.

sábado, 26 de abril de 2014

NOMEOLVIDES


 

NOMEOLVIDES

 
Por Alejandro Anderlic 

Entró a mi quiosco de madrugada, con su delantal de colegio blanco recién planchado, la mochila de Barbie, que era más grande que ella, y botitas de goma color chicle, como único signo del terrible diluvio que estaba cayendo afuera.

Pero ella no estaba mojada y olía a rosas. Tendría unos ocho o nueve años, mejillas caramelo de frambuesa, el pelo rocío de miel. Se paró frente al mostrador, en puntas de pie y, sin decir nada, empezó a recorrerlo con la mirada, abriendo a más no poder sus ojos negros enormes. Esperé unos minutos y le pregunté si podia ayudarla. “Bueno, gracias, señor. ¿Tiene de esas pastillitas de anís con forma de corazón que vienen en una cajita de colores..?”

A muy poca gente le gusta las pastillas de anís. A mí me encantan, pero las empecé a apreciar de grande. Lo mismo que a Lina. En este momento, podría decir que a nadie quise tanto como a Lina. La conocí una noche de abril cerca de la estación de trenes, en la cuadra más oscura. En seguida me llamó la atención. Llevaba un impermeable claro y no sé si algo más. Charlamos unos minutos pero no quedamos en nada.

La siguiente vez que nos vimos no llovía y me animé a invitarla a casa. Fue esa noche cuando, entre los dos, nos animamos a tocar la luna. Depués nos quedamos profundamente dormidos, ella tomada de mi mano. Desperté a media mañana, con un beso suyo en la frente. Me dijo que ya se tenía que ir y no me animé a retenerla.

Iniciando un rito que se repetiría una vez por mes, saqué el dinero del bolsillo del pantalón y lo dejé sobre el escritorio.

Ella me miró así y pudo frenar el tiempo para siempre. Sacó una birome de su cartera y y escribió algo en el billete que estaba arriba de todo, uno de cincuenta pesos. Lo dobló en ocho, extendió su mano para que yo abriera la mía y me lo devolvió. Nos dimos un abrazo y luego partió. Recién al rato, me animé a abrir el puño y el billete, que había quedado hecho un bollo. Lina había escrito junto a la figura de las Malvinas un “Nomeolvides”, con trazo tembloroso, en tinta roja.

Con el tiempo, empecé a acostumbrarme al perfume de rosas y anís de Lina. Nuestras vidas seguían marchando sin sobresaltos por caminos paralelos, que se cruzaban en celestiales encuentros metódicamente calendarizados. Todos los meses, ella esperándome en la misma esquina, yo renovando mi invitación y al rato los dos como uno.

Hasta que en la madrugada del mes once, nos animamos a tomar la decisión. Ella se despertó sobresaltada y fue corriendo al baño. Al prender la luz del pasillo, yo también me desperté. Volvió al rato toda empapada, con una noticia impensada y dos vasos de limonada en la mano. Le dije que no se ofendiera, que no tenía sed y prefería pasar solo el resto de la noche. Tomó los billetes, como siempre. El de abajo de todo, seguía arrugado y tenía algo escrito con tinta roja. Nos despedimos con un abrazo.

No volví a saber nada de Lina. Nunca más pasé por su esquina, por miedo a no sé qué. Todavía me lamento y empiezo a extrañar sus dos aromas, que me quedaron para siempre impregnados en el alma.

“¿Cuánto le debo, señor?” –me preguntó la chiquilina.

Le respondí que nada, que justo esas que ella había elegido eran gratis. Que las llevara y qué bueno que a alguien le gustara el anís como a mí.

La nenita sonrió, sin decir nada. Fue hasta la heladera que tengo en el fondo y sacó una botellita de limonada. “¿Cuánto es?” - me preguntó.

Le contesté que veinte pesos.

Entonces sacó un billete de cincuenta de adentro de la mochila, todo arrugado y descolorido y lo dejó apoyado sobre la pila de alfajores de maicena.

Y se marchó. Alguien la esperaba en la esquina, con un paraguas enorme.

miércoles, 2 de abril de 2014

PHOTOSHOP


PHOTOSHOP
por Marina de la Serna

“Una foto más”, se dijo Lali al mirar el reloj de la compu y darse cuenta de que habían pasado varias  horas desde la medianoche. Ahora el viejo laboratorio se había transformado en la pantalla de una Mac, y las bandejas con los químicos, en el PhotoShop. Ya todo el universo fotográfico se manejaba así, pero a veces Lali y un par de trasnochados más extrañaban las noches enteras a la luz de una penumbra rojiza, los ojos acostumbrados a ver, como los gatos, cosas que no se percibían a la luz del día. El reloj sólo se miraba para contar segundos o minutos y no zarparse en el revelado. “Te la pasás mirándolo, pero nunca sabés qué hora es”, le decía un colega en aquellos años de negativos y papel fotográfico. Y eso era una ventaja, pensó mientras el reloj en la pantalla le decía que sólo podría dormir un par de horas, y el gato se acurrucaba a sus pies buscando calor.
Se puso a trabajar en la foto del puente sobre el lago del Central Park. Una buena toma, con profundidad de campo, todo en foco. Tenía que equilibrar un poco el contraste, y agregarle un poco de luz en las sombras. Y mientras se concentraba en no pasarse con la luz de relleno, lo vio. Ahí, al fondo, atrás del puente, desde la orilla del lago, mirándola directamente a ella, o en realidad, a la cámara en el momento del disparo.

Bruno abrió la puerta, prendió la luz y calmó al perro (un labrador) que saltaba descontrolado, feliz de volverlo a ver después de otro viaje. Dejó el bolso sobre la cama y se fue a pegar una ducha. Las once horas de vuelo desde Nueva York lo habían dejado muerto. Cuando salió del baño, una rana croaba dentro del bolsillo de la campera. Bruno rescató el celular antes de que el labrador creyera que era una rana de verdad. “Bruno, necesitamos las fotos para mañana, podrá ser?”, escuchó al editor de la revista, acelerado como siempre. “Esta gente podría conseguirse una vida”, pensó Bruno. Otra vez se preparó para pasar la noche frente a la pantalla, editando hasta el amanecer, hasta quedar bizco frente a los comandos del PhotoShop.
Unas cuatro horas después, desistió. Ya tenía material suficiente para el número de la revista que debía salir al día siguiente. Si no les gustaba, había fotógrafos para elegir. Y encima, pibes que recién empezaban, dispuestos a trabajar casi gratis, con tal de encontrar una oportunidad. El mundo se estaba convirtiendo en puras imágenes, y cualquiera con una cámara más o menos decente, se llamaba fotógrafo. “Si no lo podés ver y fotografiar, no existe”, le dijo una vez un amigo. “Antes era: sino lo podés decir”, le había contestado Bruno.
Dejó la compu prendida y se fue a dormir. En la pantalla brillaba la foto de un puente, sobre un lago.

“Esta foto del puente está muy linda, pero no va”. Lali soportaba las ganas de prender un pucho dándole vueltas y vueltas a la lapicera entre los dedos, como los prestidigitadores. Si no conseguía dejar de fumar, por lo menos iba a aprender a hacer trucos de magia. El editor miraba las tomas con una lupa mental que lograba registrar cosas que a ella, con más años de experiencia, se le escapaban.
“Pero ésa es la mejor!”
“Seguro? Y esto acá al fondo, qué se supone que es? Un arbolito con brazos?”, y el editor marcaba con un lápiz un punto en el centro de la foto.
Lali no contestó. Creyó que iba a pasar, que iba a zafar, que nadie se daría cuenta del intruso que se le había colado en la imagen y la observaba del otro lado del lago, cámara en mano, sacando la misma foto pero en espejo. Siempre trabajaba despacio, midiendo luz, foco y encuadre con la tranquilidad de un arquero que busca el blanco sin desperdiciar flechas. Un fallo, una distracción, era una foto menos para vender a las revistas especializadas. Y la del puente sobre el lago era una buena toma. O lo era hasta que descubrió, un poco tarde, que había alguien más aparte de los árboles y los pájaros, justo en el centro de la imagen.

La rana del celular croaba y croaba. Bruno se colgó la cámara del hombro y se fijó quién llamaba. Otra vez su editor.
“Hola, te quería avisar que aceptamos todas las tomas, menos la del puente”.
“Ah, ok. Y por qué ésa no?”
“Porque tiene algo que se te coló en la imagen. No sé, mirala bien después. Si la podés retocar, todo bien, buenísimo, entra nomás. Fijate.”
“Ok, después te digo. Hablamos”, contestó Bruno.
A la noche, después de sacar al perro y hacer zapping por los 300 canales, naturalmente sin éxito, Bruno se sentó frente a la compu, dispuesto a analizar qué tenía la foto del puente. Estaba buena, la toma. Le dio al zoom y la agrandó un poco. Ahí estaba, claro, justo en el centro de la imagen. Alguien, cámara en mano, del otro lado del lago, haciendo la misma toma en espejo.

Lali le estaba dando de comer al gato cuando sonó el celular. “Hola Lali? Querés venir a la vernisage de Casasbellas? Tengo dos invitaciones, te prendés?”
Habían pasado unos meses desde la historia fallida de la foto del puente. Lali lamentó no haber podido vender esa foto, que terminó perdida en sus carpetas y en el archivo del disco remoto. Cuando la hizo le pareció la toma perfecta, tal vez hasta la podría presentar en algún concurso. Todavía le duraba la desilusión de comprobar que se le había pasado un detalle que ahora le parecía obvio.
Aceptó la invitación a la exposición de Casasbellas un poco para hacer algo. Después de todo, el laburo del tipo era interesante.
La galería de arte era una vieja casona reciclada, en lo que se conocía desde hacía rato como Palermo Hollywood o Palermo Soho o, como le decía un amigo, el barrio de los restaurantes con velitas.
Lali se paseaba, copa de champán en mano, entre los invitados, y miraba como al pasar, las obras. Lo conocía a Casasbellas de vista. Era un fotógrafo en ascenso, después de ganar el World Press un par de meses antes por una foto de un nido de cóndores en plena cordillera.
Se cruzó con un par de conocidos, y al esquivar una columna para saludar a alguien, la descubrió. Primero de reojo, después de frente, reconociéndola como quien ve despierto un paisaje que soñó la noche anterior. La foto del puente. Y ella, desde la otra orilla del lago, apuntando a la cámara de Casasbellas con su propia cámara.

Bruno se paseaba entre los invitados y agradecía la concurrencia. La exposición era un éxito, ya le habían ofrecido comprar varias de las fotos más valiosas. Pero a él le interesaba una sola. Curiosamente, era la que al público no parecía llamarle la atención.
Y entonces la vio. Morocha, pelo lacio, jeans negros que le calzaban bien y una copa de champán en la mano. Miraba la foto hacía ya un rato. Se paró al lado de ella, y por decir algo, dijo “te gusta?” “Sí, claro” contestó Lali, sin pensar. 
“Sabés, hay una cosa que siempre me intrigó de esta foto”, dijo Bruno.
Lali lo miró a  los ojos. “Quién está disparando la cámara al mismo tiempo” dijo.
“Exactamente” y Bruno Casasbellas le sostuvo la mirada mientras levantaba una copa imaginaria para brindar con ella.